Helena Palau

Light Stories

Helena Palau


Lámparas Portátiles

Lejos de entender la fotografía como un resultado cerrado, la fotógrafa y directora creativa Helena Palau la aborda como un territorio abierto al cambio. Impresiones, recortes y capas forman parte de un lenguaje visual que encuentra en la experimentación una forma de mirar, crear y volver sobre la imagen.

 

Con motivo de su colaboración para Light Stories, en la que reinterpreta tres lámparas portátiles de Marset, conversamos con la fotógrafa y directora creativa sobre el valor artístico del proceso, el gesto manual en tiempos de inteligencia artificial y la belleza de la imperfección.

Para aquellos que se aproximan por primera vez a tu trabajo, ¿cómo describirías tu universo visual?
HPCaótico y en constante expansión. Es denso y físico: hay mucho dentro (técnicas, materiales, registros), pero todo tiene una presencia táctil, como si pudiera tocarse. Desde luego, no es minimalista ni de un solo gesto.
¿Hay algún hilo conductor que una tus proyectos?
HPPor ahora, la curiosidad, la voluntad de probar, combinar y ver qué pasa. También me interesan mucho la identidad y la percepción, aparecen a menudo en mis proyectos más personales.
¿Y una reacción que busques despertar?
HPApenas lo pienso. ¿Debería? Me gusta que quien lo vea tenga ganas de seguir mirando.
En tu práctica conviven la fotografía, el vídeo y la experimentación manual. ¿Por qué intervenir una imagen en vez de darla por terminada?
HPLlevo muchos años haciendo fotos y solamente tres interviniéndolas. Algo debió pasarme por aquel entonces, porque me empezó a aburrir hacer fotos y darlas por terminadas. De hecho, el concepto de una foto terminada como tal no me convence: una imagen siempre estará dispuesta a seguir la conversación, ya sea siendo intervenida o simplemente mirándola de nuevo. El porqué también es una cuestión de impulsividad. A riesgo de parecer poseída, siento que lo hago porque me lo pide el cuerpo; me resulta divertido y me apetece mucho más dedicarme a pintar con un lápiz de madera que con el pincel de Lightroom.
¿Dónde suele empezar el proceso?
HPDesde un lugar muy físico e intuitivo: imprimiendo, tocando, probando. Otras veces también empieza desde una inspiración muy clara. Veo algo que me gusta mucho o que me parece enigmático e intento hacer algo parecido. No siempre tengo claro cómo acabará.
Recortes, texturas y superposiciones se hacen hueco a menudo entre tus metaimágenes. ¿Qué hallas en trabajar con las manos que no logras en un proceso completamente digital?
HPLas manos tienen una inteligencia propia. Cuando trabajo físicamente hay decisiones que se toman solas, en el momento. En digital, saber que siempre puedo deshacer me resulta paralizante. Me atrae la irreversibilidad de lo físico, solo puedo ir hacia delante, me compromete. Además, hay una cuestión de estilo: me gusta el corte torcido, la arruga, la textura, la mancha y el gesto inesperado. Todo esto no lo logro digitalmente.
Sueles acompañar tus imágenes de un contexto, un relato o incluso del propio proceso creativo. ¿Por qué es importante para ti que la fotografía no se quede únicamente en la imagen final?
HPConocer cómo y por qué se ha hecho algo te acerca a quien hay detrás de la obra, y eso la enriquece. El arte conceptual planteó algo radical y liberador: que la idea y las decisiones creativas pueden ser la obra en sí misma, por encima del objeto final o la destreza manual. Me identifico mucho con esta manera de entender la práctica artística. Creo que si mi trabajo resuena ahora es en parte por una reacción contraria al auge de la inteligencia artificial: ver a alguien usar las manos, enseñar el proceso, esforzarse…, es refrescante e inspirador.
En esta edición de Light Stories, trabajas con tres lámparas portátiles de Marset, pensadas para acompañar distintos momentos del día a día. ¿Qué te interesaba del retrato de esa cotidianidad?
HPMe interesaba retratar la cotidianidad de estas lámparas a través de la mía propia; no construir escenarios a su alrededor, sino dejar que aparecieran donde realmente están: junto a mis libros, en mi mesa de trabajo o en la encimera de la cocina. Siento que así estoy muy presente en las fotos. Creo que la iluminación de tu hogar dice tanto de ti como lo hacen tus objetos personales.
Más que presentarlas como objetos acabados, transformas Bicoca, FollowMe y Dipping Light mediante capas y retazos. ¿Cómo fue articulándose ese lenguaje?
HPUna vez hechas las fotos, mi proceso pasa siempre por imprimir y escanear, porque le da un toque táctil y cálido que tiene que ver con cómo es mi espacio y cómo trabajo. Luego viene la improvisación: vas encontrando lo que buscas a medida que lo haces. Hay una ideación previa, sí, pero el lenguaje se termina de construir durante el proceso. En este caso, los recortes que surgieron para el vídeo acabaron entrando también en las imágenes fijas como collage.
En las imágenes finales, las huellas del proceso quedan expuestas. ¿Era importante que esos gestos permanecieran visibles?
HPSí, era importante que se vea que está hecho a mano, que hay diferencias entre un recorte y otro; eso no es un defecto, es una decisión. Fíjate que la gente conecta más con eso. Si no se vieran las huellas, parecería una plantilla y perdería la gracia. No es solo nostalgia por lo artesanal, sino que la huella es información. Sin eso, la imagen no tiene historia.
Para terminar: un lugar del mundo con una luz que te haya cautivado.
HPLas islas Lofoten en febrero. Viajé con mi madre hace unos años y nos obsesionamos con los cielos, cambiaban de color sin que te dieras cuenta: rosas, azules, melocotón… y lentamente se iba haciendo de noche.