Uli Budde: “Mejor que los objetos hablen en voz baja”

Nacido en Alemania en 1978, en una pequeña ciudad del Norte de Westfalia, estudió diseño en la Universidad de Ciencias Aplicadas de  Postdam y se graduó en la Academia de Diseño de Eindhoven, Holanda. Desde hace cinco años vive y trabaja en Berlín, en su propio estudio. Forma, además, la mitad del despacho Officeoriginair. A Uli Budde le agrada que los objetos que proyecta hablen, igual que lo hace él, en voz baja y tranquilamente. Tras ellos hay una reflexión sobre los productos que utilizamos a diario. A partir de su imagen más familiar, Budde indaga en lo que pueden llegar a aportar más allá de lo que hoy significan para nosotros. En su curiosidad por la esencia de lo cotidiano, aboga por una poética gráfica y simple de los objetos.

 

La lámpara Hazy Day se inspira en el efecto de luz de un momento muy concreto del día.
-Quería hacer un modelo de suspensión tipo globo. Pero sobre todo perseguía trasladar al producto una imagen que tenía en la cabeza. Esa luz que trae la neblina muchas veces por la mañana antes de que salga el sol, cuando poco a poco amanece. Quien ve la lámpara no lo sabe. Pero de alguna manera la pieza lo transmite. Puede sentir ese efecto de luz. Experimentar la sensación o tener un recuerdo al verla. La dificultad residía en como trasladarlo a un producto real. Finalmente me lo dio el chorro de arena manual sobre el vidrio, que permite controlar la ligera gradación que buscaba. Además procura   una cualidad  mate en la superficie translúcida. Y la gradación incluye la suave curva de remate inferior que es transparente y brillante.

 

Cuanto más simple es un objeto más cuesta innovar, imagino.
-Me interesa trabajar con cosas, situaciones, productos que son familiares para las personas. Reconocibles de inmediato. Y a la vez llevarlos hasta una sensación o un recuerdo. La posición de la fuente de luz dentro del globo también es distinta, más baja. Esto, junto a la curvatura inferior, crea un efecto óptico parecido a esa vibración cuando miras el horizonte en un día de mucho calor.

 

-¿Por qué abogas por un diseño no intrusivo?
-Supongo que tiene que ver también con mi carácter discreto. No me gusta nada, por ejemplo, hablar en voz alta. Como diseñador creo que los objetos deben establecer una relación tranquila con las personas dentro de un espacio. Un diseño funciona bien cuando la gente reconoce lo que estás comunicando, entiende la función. Por eso el objeto no debe ser complicado. La aportación es más sutil. Me gusta que los productos hablen en voz baja y suave, no que chillen.

 

-La lámpara Hazy Day la propusiste tú a Marset. ¿Por qué elegiste la empresa?
-Hace años vi algunos productos suyos en internet. Me interesó el modo de desarrollar las colecciones. La manera de trabajar con diferentes materiales y también emociones. Cuando presenté el prototipo de Hazy Day en el Salón Satélite de Milán, hace dos años, pensé que quizás pudiera encajar en el catálogo de Marset y contacte con ellos. Lo que me impresionó, al enviar la propuesta, es que Javier Marset me contestó muy rápido, explicándome como él entendía el diseño y el concepto. Su descripción, sus palabras, eran exactamente lo que yo quería comunicar con el producto. Es muy importante para colaborar entenderse bien. Y es bastante especial que suceda. No pasa con todas las empresas.

 

-¿Qué te llevó hasta el diseño industrial?
-Me gusta ver materializada una idea, convertida en producto. Traducir algo abstracto en concreto. No soy un hombre de taller, tampoco hice ningún curso de prototipos antes de mis estudios en diseño. Después de los bocetos, me voy al ordenador y trabajo además con maquetas en papel. Lo que si me agrada mucho es trabajar con especialistas en materiales y procesos. Discutir problemas y soluciones. Creo que mi hermano, doce años mayor que yo, también influyó. Estudió arte, y de niño cuando veía lo que hacía me gustaba mucho todo. Entonces empecé a interesarme por el arte, la arquitectura y el diseño. En Postdam tuve la posibilidad de entrar en arquitectura y en diseño. Opté por lo último. La escala del diseño establece un vínculo más directo respecto a la persona. En la arquitectura estás dentro o fuera. Con los objetos tienen una relación de igual a igual. Aunque la arquitectura tiene más impacto en la vida del ser humano. En sentido positivo y negativo, creo.

 

El diseño ¿es también curiosidad, una  excusa para investigar los objetos, desentrañar su esencia?

-Intento investigar su significado e historia. Cómo pueden ser mejores, más fuertes. O si es posible hacer algo con ellos y las emociones. Al final debes sentir que quieres ese objeto y durante mucho tiempo. No se trata de un placer pasajero. Si yo establezco esta relación con el producto, cuando tú lo elijas seguramente también podrás sentirlo. Hay que darle un sentido a los objetos, más allá del funcional, que es importante pero no suficiente. En cada producto tienes que explorar qué capas tiene, cuál es la relevancia de cada una. Siempre cambia.

 

Tú vives en Berlín ¿por qué esta ciudad resulta tan atractiva a los diseñadores?
– En mi caso, estudié en Postdam, que está al lado. Tras unos años en Holanda, decidí volver a Alemania. Para mi casi era la única opción. Creo que es la mejor ciudad para vivir y trabajar. Es vibrante y a la vez tranquila. Grande pero no inmensa. Más relajada que, por ejemplo, Londres o París. Puedes concentrarte mejor en el trabajo. Ya no es tan barata como era, o como cree la gente, pero sigue siendo posible vivir allí.

 

-¿Cómo ves, desde Berlín, el diseño que se hace en Barcelona o en España?
-No tengo realmente una imagen fuerte de la escena en España. Lo que sí conozco y me interesa son algunos diseñadores en concreto. Como Tomás Alonso, que vive en Londres. También me gusta mucho el trabajo con cerámica de Xavier Mañosa. Para mí son más destellos, puntos que brillan aquí y allá, que no una imagen global. Marset no sólo trabaja con diseñadores del país, veo también autores de otras procedencias, una dimensión  internacional.